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En los dos últimos
milenios a.C. se producen transcendentales cambios que
van a llevar a nuestros antepasados desde el Neolítico
a la época histórica. Especialmente va
a ser la aparición de la metalurgia, primero
del bronce y más tarde del hierro, la causa de
una profunda transformación. En primer lugar
porque el proceso metalúrgico exige unos conocimientos
más especializados y un dominio de técnicas
más complejas para adquirir la destreza necesaria
en la elaboración de los utensilios metálicos.
En segundo lugar las ventajas de las nuevas herramientas
sobre los viejos útiles de piedra permitirán
un mayor rendimiento de las actividades humanas y el
desarrollo de nuevas tareas. Entre los avances, la posibilidad
de refundir las piezas rotas, desgastadas o defectuosas
para obtener nuevas herramientas.
En cuanto a los cambios socioeconómicos, la posesión
del metal se convierte en una muestra de status, acentuando
las diferencias sociales dentro del grupo o entre distintos
grupos y estableciendo una jerarquización antes
inexistente. Por otro lado la acumulación del
metal (en bruto o elaborado) será un signo de
riqueza y favorecerá el incremento de las relaciones
de intercambio, en ocasiones entre comunidades muy alejadas,
en busca de las nuevas herramientas o de las materias
primas necesarias para elaborarlas.
La formación de estas sociedades complejas acarreará
a la construcción de asentamientos situados en
lugares de fácil defensa, de control de las vías
de comunicación o provistos de defensas artificiales
más o menos imponentes. Con el paso del tiempo
la llegada de las influencias mediterráneas,
hacia mediados del primer milenio a.C., llevará
a la constitución de las primeras comunidades
históricas, dotadas del más grande de
los descubrimientos humanos: la escritura. Nos encontramos
ahora con la cultura ibérica, profundamente influida
por los griegos establecidos en las costas mediterráneas
y que va a perdurar hasta la llegada de las legiones
de Roma. |